La adaptación a la escuela infantil también comienza en los adultos
Acompañar la separación no consiste en conseguir que un niño deje de llorar cuanto antes, sino en construir seguridad entre la familia, el centro y la persona educadora de referencia.
Hay puertas que pesan más que otras.
La de la escuela infantil puede parecer pequeña, pero alrededor de ella se concentran muchas emociones: la curiosidad del niño, la incertidumbre de la familia, las prisas de la mañana, el deseo de que todo salga bien y, en ocasiones, una despedida que resulta más difícil de lo esperado.
A un lado queda una madre, un padre, un abuelo o un adulto responsable intentando sonreír. Al otro, un niño o una niña que todavía no comprende del todo qué significa ese “después vendré a buscarte”.
Por eso, el verdadero objetivo de la adaptación no debería ser que deje de llorar cuanto antes.
No necesita dejar de llorar rápidamente.
Necesita descubrir que volverás y que allí también pueden cuidarlo.
Adaptarse no significa dejar de sentir
La adaptación a la escuela infantil es un proceso. No sucede en un único día ni se mide solamente por la presencia o ausencia de llanto.
Llorar durante la separación no significa necesariamente que el centro sea inadecuado, del mismo modo que entrar sin llorar tampoco significa que el niño no esté realizando un importante esfuerzo emocional.
Cada niño expresa la adaptación de una manera diferente. Algunos lloran al despedirse; otros observan en silencio; algunos se muestran tranquilos en el centro y descargan el cansancio cuando regresan a casa.
Durante las primeras semanas pueden aparecer:
- Mayor necesidad de contacto.
- Cansancio o irritabilidad.
- Cambios temporales en el sueño.
- Más dificultad para separarse en otros momentos.
- Conductas que parecían superadas.
- Necesidad de permanecer cerca de sus figuras de referencia.
- Menos tolerancia a la frustración al final del día.
Estas manifestaciones no deben interpretarse automáticamente como un fracaso de la adaptación. Muchas veces son la forma que tienen los niños y niñas de expresar el esfuerzo que supone conocer un nuevo espacio, aceptar otras rutinas y comenzar a confiar en personas que todavía no forman parte de su mundo afectivo.
La adaptación también comienza en el adulto
Durante años, tanto en el aula como en la dirección de una escuela infantil, observé que acostumbramos a centrar toda la atención en el niño: si llora, si come, si duerme, si juega o si acepta el consuelo de la educadora.
Sin embargo, pocas veces nos detenemos a mirar a la persona que lo acompaña hasta la puerta.
“La adaptación del niño comienza también en el adulto que lo acompaña, se despide y confía.”
—Laura Balado
Antes de pedirle a un niño que confíe en el centro, los adultos necesitamos preguntarnos si nosotros confiamos. Qué pensamos sobre la separación, qué sentimos y cómo actuamos influye en la manera en que acompañamos ese momento.
Influir no significa determinar.
Una madre o un padre puede sentir miedo, tristeza o inseguridad sin perjudicar por ello a su hijo. No se trata de culpabilizar a las familias ni de exigirles que oculten lo que sienten. Se trata de ayudarlas a reconocer sus emociones para que puedan actuar con mayor serenidad, coherencia y seguridad.
Podemos despedirnos con tristeza y, al mismo tiempo, transmitir confianza. Podemos tener dudas y buscar información. Podemos emocionarnos sin convertir al niño en responsable de tranquilizarnos.
El mensaje que necesita recibir no es: “No siento nada porque tienes que ser fuerte”.
El mensaje es:
“Aunque este cambio también sea importante para mí, puedo sostenerlo. Confío en que estarás cuidado y volveré a buscarte.”
Una balanza que necesita equilibrio
La adaptación no depende solamente del niño ni puede depositarse toda la responsabilidad sobre la familia. Es una balanza sostenida por tres pilares:
El niño o la niña
Necesita tiempo, afecto, previsibilidad y permiso para expresar lo que siente. Necesita descubrir que puede separarse y reencontrarse, explorar y regresar, confiar en otras personas sin perder el vínculo con su familia.
La familia
Necesita información, escucha y acompañamiento. Una familia que conoce las rutinas, sabe quién cuidará de su hijo y dispone de un espacio para expresar sus dudas puede transmitir mayor seguridad.
El centro y la persona educadora de referencia
Necesitan observar, acoger y construir una relación no solo con el niño, sino también con sus adultos. La confianza no se exige: se construye mediante la comunicación, la coherencia, la disponibilidad y el conocimiento mutuo.
Cuando uno de estos pilares no recibe apoyo, la balanza se desequilibra.
También debemos acompañar a las familias
En mi experiencia profesional he conocido equipos con una enorme capacidad para cuidar a los niños, pero con menos herramientas para acompañar las emociones de sus madres y padres.
No necesariamente por falta de sensibilidad o compromiso. Con frecuencia, la formación y la organización de los centros se concentran en lo que sucede dentro del aula: rutinas, alimentación, sueño, juego, desarrollo y vínculo con la educadora.
Pero la adaptación comienza antes de entrar y continúa después de salir.
Acompañar a una familia implica:
- Explicar con claridad cómo será el proceso.
- Escuchar sus preocupaciones sin minimizarlas.
- Compartir información concreta sobre la evolución del niño.
- Acordar pautas de despedida coherentes.
- Evitar juicios sobre la dificultad de una madre o un padre para separarse.
- Disponer de una persona de referencia a la que puedan acudir.
- Reconocer que cada familia también necesita su propio tiempo.
- Comunicar tanto las dificultades como los pequeños avances.
Una frase tan sencilla como “hoy lloró cuando te fuiste, pero después me dejó que lo consolara y estuvo mirando un cuento” ofrece mucha más seguridad que un escueto “estuvo bien”.
Las familias necesitan información que les permita imaginar lo que ha sucedido cuando ellas no estaban.
¿Qué nos dice la investigación?
Una investigación especialmente interesante es el estudio:
“Do toddlers’ levels of cortisol and the perceptions of parents and professional caregivers tell the same story about transition from home to childcare? A mixed method study”.
Podríamos traducir su título como: “¿Los niveles de cortisol de los niños pequeños y las percepciones de las familias y profesionales cuentan la misma historia sobre la transición del hogar a la escuela infantil?”
Fue realizado por May Britt Drugli, Kathrin Nystad, Stian Lydersen y Anne Synnøve Brenne, vinculados principalmente a la Norwegian University of Science and Technology y a la Inland Norway University of Applied Sciences. Se publicó en 2023 en la revista científica Frontiers in Psychology.
La investigación formaba parte del proyecto noruego “Little and New in Childcare” y contó con:
- 113 niños y niñas, con una edad media de 14,6 meses.
- 32 centros de educación infantil.
- 46 aulas.
- Información aportada por 87 familias.
- Observaciones de 101 profesionales.
El proceso de incorporación estudiado incluía entre cuatro y ocho visitas previas al centro, la presencia de la familia durante al menos los primeros cinco días y la participación de profesionales de referencia.
La investigación combinó mediciones de cortisol salival —un indicador fisiológico relacionado con la activación ante el estrés— con las observaciones escritas de las familias y los profesionales.
Los resultados indicaron que, en esta muestra, el comienzo fue más tranquilo cuando las familias estaban presentes y participaban activamente. Las dos primeras semanas de separación fueron las más exigentes. Durante la tercera semana comenzaron a apreciarse mejoras en muchos niños y, aproximadamente tres meses después, la mayoría mostraba una evolución favorable.
El estudio también recogió que algunos niños parecían encontrarse bien en el centro, pero llegaban a casa cansados, irritables o con una mayor necesidad de contacto.
Este resultado es especialmente importante: el esfuerzo de adaptación no siempre se ve en el aula.
Puede aparecer horas después, precisamente en el lugar donde el niño se siente suficientemente seguro para expresarlo.
Consultar el estudio completo de Drugli y colaboradores.
La relación entre las familias y el profesorado
Otro estudio, realizado por Martina Andersson Søe, Elinor Schad y Elia Psouni, del Departamento de Psicología de la Universidad de Lund, analizó las respuestas de 535 profesionales de escuelas infantiles suecas.
La investigación, titulada “Transition to Preschool: Paving the Way for Preschool Teacher and Family Relationship-Building”, estudió diferentes maneras de organizar la incorporación a la escuela infantil.
Sus resultados sugieren que los modelos que invitan a las familias a participar activamente pueden favorecer su implicación y contribuir a la construcción de una relación más positiva entre las familias y el profesorado.
Este trabajo refuerza una idea fundamental: la adaptación no consiste únicamente en crear un vínculo entre el niño y su educadora. También necesita una relación de confianza entre los adultos que comparten su cuidado.
Consultar el estudio de Andersson Søe y colaboradoras.
¿Qué valor tienen estas investigaciones?
Los dos estudios aportan información valiosa, pero debemos comunicarla con rigor.
La investigación de Drugli y colaboradores presenta fortalezas importantes:
- Combina indicadores fisiológicos con las percepciones de familias y profesionales.
- Sigue la evolución de los niños durante varias semanas.
- Incluye diferentes centros y aulas.
- No reduce la adaptación a la presencia o ausencia de llanto.
Sin embargo, también tiene limitaciones:
- No contó con un grupo de control.
- Se realizó en un contexto noruego con un modelo de incorporación muy estructurado.
- No todos los niños completaron todas las mediciones previstas.
- El cortisol indica activación fisiológica, pero por sí solo no demuestra sufrimiento ni daño.
- No permite establecer un tiempo universal de adaptación.
El estudio sueco también debe interpretarse con cautela, ya que recoge principalmente las percepciones de los profesionales. Sus resultados sugieren una relación positiva entre la participación familiar y la construcción del vínculo con el profesorado, pero no demuestran por sí solos que un modelo concreto sea siempre el mejor para todos los niños.
La evidencia disponible nos permite defender la importancia de la gradualidad, la presencia familiar y la colaboración con el centro. No permite establecer recetas idénticas ni calendarios cerrados.
Cada niño, cada familia y cada escuela infantil necesitan encontrar su propio equilibrio.
Herramientas para acompañar desde la familia
Antes de comenzar
- Visitad el centro siempre que sea posible.
- Conoced a la persona que será la principal referencia del niño.
- Explicadle con palabras sencillas dónde irá y qué sucederá.
- Evitad promesas que no podéis garantizar, como “no vas a llorar” o “te encantará desde el primer día”.
- Compartid con la educadora sus rutinas, necesidades y formas habituales de consuelo.
- Preparad con antelación los horarios de sueño y las rutinas de la mañana.
- Preguntad todas las dudas necesarias para poder transmitir confianza.
Durante la despedida
- Cread un ritual breve, afectuoso y predecible.
- No desaparezcáis sin avisar.
- Utilizad una frase sencilla y verdadera: “Ahora me voy y después vendré a buscarte”.
- Evitad alargar repetidamente la despedida.
- Mantened la pauta acordada con el centro.
- Permitid que el niño exprese tristeza sin intentar distraerlo inmediatamente de todo lo que siente.
Una despedida respetuosa no busca impedir el llanto. Le ofrece un mensaje claro: “Sé que esto te cuesta, me voy, estás acompañado y volveré”.
Al regresar a casa
- Reservad un tiempo de conexión y tranquilidad.
- Evitad llenar las primeras tardes de actividades.
- Ofreced contacto, juego libre y descanso.
- No convirtáis el reencuentro en un interrogatorio.
- Observad los cambios en el sueño, el apetito, el humor y la necesidad de contacto.
- Compartid con el centro los cambios que se mantienen o generan preocupación.
En lugar de preguntar únicamente “¿lo pasaste bien?”, podemos decir:
- “Tenía muchas ganas de volver a verte”.
- “Me pregunto qué habrá sido lo más nuevo de hoy”.
- “Si quieres contarme algo, estoy aquí”.
- “Ahora podemos estar un rato tranquilos”.
Una herramienta para el adulto
Antes de dejar a tu hijo o hija en el centro, puedes detenerte y responder:
- ¿Qué es exactamente lo que me preocupa?
- ¿Mi miedo se basa en algo que está sucediendo o en una experiencia anterior?
- ¿Qué información necesito pedir al centro?
- ¿Qué necesita percibir mi hijo de mí en este momento?
- ¿Cómo puedo expresar lo que siento sin hacerle responsable de tranquilizarme?
- ¿Qué necesito yo para confiar?
- ¿Con quién puedo hablar si este proceso también me resulta difícil?
No tenemos que llegar a la puerta sin emociones. Tenemos que llegar con recursos para sostenerlas.
No necesita hacerlo deprisa; necesita hacerlo acompañado
La adaptación no es una prueba que el niño tenga que superar. Tampoco es una competición entre quien deja de llorar primero y quien necesita más tiempo.
Adaptarse significa construir nuevas referencias sin perder las anteriores. Significa comprobar, día tras día, que la persona que se marcha regresa y que, durante su ausencia, existen otros adultos capaces de cuidar, escuchar y ofrecer consuelo.
Como familias, somos uno de los pilares fundamentales de ese proceso. Lo que pensamos, sentimos y hacemos influye en la manera en que acompañamos, pero no somos los únicos responsables.
El centro también debe estar preparado. La persona educadora necesita tiempo, sensibilidad y herramientas. Y el niño necesita que los adultos importantes de su vida no compitan entre ellos, sino que colaboren.
La adaptación es una balanza.
En un lado está la seguridad que nace en la familia. En el otro, la confianza que comienza a construirse en el centro. En medio está el niño, aprendiendo que puede pertenecer a ambos lugares y seguir siendo cuidado.
No necesita dejar de llorar rápidamente.
Necesita tiempo, verdad, presencia y la certeza de que no está solo en este cambio.
Laura Balado
Educadora, formadora y especialista en educación positiva y acompañamiento a familias.
Referencias
Drugli, M. B., Nystad, K., Lydersen, S. y Brenne, A. S. (2023). Do toddlers’ levels of cortisol and the perceptions of parents and professional caregivers tell the same story about transition from home to childcare? A mixed method study. Frontiers in Psychology, 14, 1165788. https://doi.org/10.3389/fpsyg.2023.1165788.
Andersson Søe, M., Schad, E. y Psouni, E. (2023). Transition to Preschool: Paving the Way for Preschool Teacher and Family Relationship-Building. Child & Youth Care Forum. https://doi.org/10.1007/s10566-023-09735-y.
Para seguir conversando
¿Qué fue lo más difícil para ti cuando tu hijo o hija comenzó la escuela infantil? ¿La separación, la incertidumbre, la confianza en el centro o no saber cómo acompañar sus emociones?
Tu experiencia también puede ayudar a otras familias a sentirse menos solas.
