Dormir solos: ¿necesidad real o expectativa social
¿Por qué insistimos tanto en que los niños y niñas duerman solos cuanto antes?
¿Es eso lo que realmente necesitan o lo que como adultos esperamos para sentir que “lo estamos haciendo bien”?
Desde la disciplina positiva, la psicología del desarrollo, la neurociencia y el acompañamiento respetuoso, es fundamental desmontar mitos en torno al sueño infantil y ofrecer una mirada más humana y consciente.
Dormir no es solo cerrar los ojos
Dormir es una experiencia emocional, no solo un acto fisiológico. Para la infancia, especialmente durante los primeros años, dormir implica sentirse seguros para desconectarse del entorno, una tarea que no todos logran igual.
Por eso no podemos hablar del sueño infantil sin tener en cuenta las diferencias individuales:
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Niños y niñas más sensibles o con alta demanda afectiva
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Niños con apegos inseguros o traumas previos
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Infancias neurodivergentes (TEA, TDAH, PAS…) que pueden tener alteraciones en los ritmos de sueño, mayor necesidad de regulación externa o dificultad para dormir sin compañía
No hay una única forma correcta de dormir. Hay niños diferentes, familias diferentes y momentos vitales distintos.
Qué dice la neurociencia
La neurociencia actual nos dice que el sueño no se enseña, se madura.
El sistema nervioso de los niños y niñas pequeños no está preparado para dormir profundamente y sin interrupciones por sí solo. Necesitan presencia, contacto físico y regulación emocional externa.
La teoría del apego y los estudios de la psicobiología del sueño (como los de Feldman o Porges) confirman que cuando un niño es acompañado de forma afectiva, consolida mejor su descanso y genera una base de seguridad emocional.
María Berrozpe y el enfoque biológico del sueño
La bióloga y divulgadora María Berrozpe, experta en sueño infantil, ha defendido desde hace años que las expectativas adultas muchas veces chocan con la biología infantil.
“El sueño infantil no es un problema. Es un proceso madurativo que debe ser acompañado con respeto.”
– María Berrozpe
Su trabajo muestra cómo los métodos de adiestramiento del sueño (como dejar llorar al niño o imponer independencia nocturna a edades tempranas) pueden generar estrés tóxico, ruptura de vínculo y patrones disfuncionales de sueño.
Cuando priorizamos el confort adulto
El pediatra Carlos González lo dice claramente:
“Lo correcto no es que los niños no molesten. Lo correcto es que estén bien.”
Muchas veces el deseo de que duerman solos no responde a una necesidad infantil, sino a una necesidad adulta de descanso, autonomía o presión social.
Y por supuesto que las familias tienen derecho a descansar. Pero acompañar no es lo mismo que ceder.
Es encontrar un punto de equilibrio donde se respeta la necesidad emocional de los hijos e hijas… y también las de sus cuidadores.
Dormir acompañado NO es retroceder
Dormir con compañía, usar cunas sidecar, compartir cama con seguridad o responder al llanto nocturno no impide la autonomía. Al contrario:
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Refuerza el apego seguro
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Ayuda a la autorregulación emocional
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Favorece un sueño más profundo
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Aumenta la confianza para, más adelante, dormir en solitario sin miedo
Consejos desde la disciplina positiva
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Establece una rutina predecible y calmada para ir a dormir
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Valida el miedo o la necesidad de compañía, no la niegues
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Usa canciones, cuentos o caricias como parte del ritual
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Evita pantallas antes de dormir: estimulan el sistema nervioso
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Practica tu propio autocuidado para sostener el cansancio
Dormir no debe ser una batalla
Haz del momento de dormir un espacio de conexión y regulación. No se trata de que te lo tomes como una renuncia a tu descanso, sino como una inversión emocional a largo plazo.
Cada noche es una oportunidad de reforzar el vínculo. Y como decimos en educación consciente: no se trata de entrenar niños, sino de criar seres humanos seguros.
No todos los niños duermen igual. No todos necesitan lo mismo.
Escucha a tu hijo, no al reloj. Escucha tu intuición, no las normas sociales. Escucha a la ciencia, que hoy más que nunca nos invita a acompañar, no forzar.Dormir no debe ser un campo de batalla, sino un espacio de encuentro.
¿Y tú? ¿Cómo es la hora de dormir en tu casa?
¿Tu familia ha encontrado un modelo que os funcione? ¿Te has sentido presionada por “hacerlo bien”?